Angel Soto

Latinoamérica – Actualidad – Historia

La fuerza de los ochenta

por Angel Soto

 

Publicado en La Tercera, 18 de octubre de 2008

 

Los ochenta están de regreso. Más bien, nunca se fueron. El Chile actual es heredero de esa década en la que Los Prisioneros cantaban “¡Adiós barreras! ¡Adiós setentas!”. Efectivamente, “algo grande estaba pasando”.

Años que se inician con el “boom” del consumo. Productos “made in Taiwan” inundaban las tiendas y nos preguntábamos sobre la calidad de los autos japoneses. Perico se compró auto.

Augusto Pinochet ganó un Plebiscito (1980) que puso en marcha la nueva institucionalidad y se fue sembrando  la semilla de la transición que vendría al final del decenio. Se fijaron fechas y objetivos a cumplir, como por ejemplo la Ley de Partidos Políticos y el Registro Electoral.

La crisis de la deuda puso en duda el “modelo”. “Pateamos piedras” y pedíamos “muevan las industrias”. Sin embargo, a partir de 1985 éste resurgió con más solidez. El “capitalismo” no murió, como pregonaron algunos. Quienes declararon el fin del modelo “neoliberal” no sólo se equivocaron, sino que desde los noventa administran y disfrutan de sus beneficios. Fue entonces cuando se inició la diversificaron de las exportaciones, se continuó la apertura del comercio exterior, se privatizaron empresas.

Fue el comienzo de la resurrección de la sociedad política. Una crisis económica que fue encauzada políticamente por la oposición y que volcó a un sector de la población a salir a la calle protestando.

Jornadas llenas de tensión, apagones y los jóvenes desde las Universidades gritaban: “¡Si los pacos van a entrar que se pongan a estudiar!”. Al mismo tiempo hacía su debut el sistema privado universitario, surgieron las universidades regionales y se procedió a la municipalización de la educación pública.

La apertura política no sólo llegó de la mano de Sergio Onofre Jarpa al Ministerio de Interior. Sino también gracias a Monseñor Juan Francisco Fresno quien convocó al Acuerdo Nacional. Dicho evento fue uno de los pasos más serios en la transición porque permitió un acercamiento real entre posturas encontradas que sentó las bases de la democracia de los acuerdos de los  noventa.

 Se vivió un verdadero proceso de aprendizaje político. La radicalización de las protestas y que Pinochet “no cayera” trajo un cambio de estrategia. A la dictadura había que ganarle con las mismas armas que ella ofrecía por tanto había que prepararse para triunfar en el Plebiscito de 1988. Signos que, junto a los primeros síntomas de la renovación socialista, los acercamientos entre la oposición democrática y la disposición de los sectores “blandos” del gobierno a cumplir la transición, más los cambios del sistema internacional, fueron tejiendo la construcción de ese nuevo consenso que nos permitió transitar de manera pacífica a la democracia, pese a los intentos del Frente Patriótico Manuel Rodríguez que internó armas y atentó contra el Jefe de Estado.

Resurgieron los partidos políticos, los viejos líderes retornaron y se creó la Concertación por el No, que más tarde se convertiría en coalición de gobierno.  

Incluso en las relaciones internacionales, la tensión de los setenta dio paso a una mediación Papal con Argentina que resultó en un período de paz duradera.

Los 80 no fueron una década perdida, sino ganada. Prepararon el camino para el retorno a la libertad política de la mano con la libertad económica proyectándolo como un modelo de desarrollo para el resto de Latinoamérica. Es de esperar que quede “ochentas” para rato, ya que su generación solo esta “a medio camino de la jubilación”.

 

 

Octubre 18, 2008 Publicado por Angel Soto | Columnas de opinión | | Aún no hay comentarios

El culto a la presidencia

Publicado en http://www.quepasa.cl/medio/articulo/0,0,38039290_101111578_369451865,00.html

Este libro, del editor senior del Instituto Cato en Washington, explica que el excesivo poder de los presidentes de Estados Unidos no radica en los propios líderes, sino más bien en las esperanzas que en ellos depositan los votantes norteamericanos, quienes les confieren un estatus de “gran chamán”.

Por Ángel Soto, Profesor, Universidad de los Andes.

A escasos dos meses de las elecciones presidenciales en Estados Unidos, y con una incógnita acerca de quién será el próximo residente de la Casa Blanca es interesante preguntarse acerca del verdadero culto a la presidencia y la peligrosa devoción norteamericana al Poder Ejecutivo.

Gene Healy, senior editor de Cato Institute, señala que el problema del excesivo poder presidencialista no está en los líderes, sino en que los votantes norteamericanos delegan en el Presidente de la República una infinidad de responsabilidades que incrementan enormemente su poder. El elegido no sólo es el responsable de la administración política del Estado y sus relaciones internacionales, sino que es el responsable de hacer crecer la economía, de educar a sus hijos, brindar seguridad protegiendo del terrorismo, y ser un ejemplo de vida para la sociedad norteamericana, encarnando todos los valores de una especie de “Ángel de la guarda”, “Gran Chamán” o “Guardián Supremo de la Tierra” cuyo objetivo es proteger a “América de las fuerzas del mal”.

Este exceso de poder se manifiesta desde el momento en que los candidatos hacen uso de los discursos de campaña, instrumentalizando retóricamente sus mensajes, no sólo proponiendo soluciones a los problemas públicos, sino que adornados con frases cargadas de sentimentalismos que apelan a la familia, al esfuerzo, a la grandeza del pueblo americano, a sus creencias (muchas religiosas), a sus sueños y esperanzas. El líder sería el responsable de cumplir el american dream, pues se espera de él no sólo la solución a sus grandes problemas sino también a los pequeños.

Líder mundial, protector de la paz, principal legislador, manager de la prosperidad y voz del pueblo, son algunos de los roles que el público demanda de su principal autoridad, atribuyendo en él las virtudes del “héroe político”, como si éste existiera.

Actitud que -al hacerla más terrenal- deja entrever una relación esquizofrénica o hipócrita entre ambas partes, según el punto de vista, pues al mismo tiempo que el ciudadano le exige a su líder cumplir con sus esperanzas, la mayoría de las veces desconfía y condena la excesiva concentración de poder que tiene el Ejecutivo, cuya responsabilidad es casi ilimitada. “We dont’t trust the president”. “But we demand that he fill our every need”.

¿Será el costo para ser la primera potencia del mundo? No está en este libro la respuesta.

Sin embargo, hay una pequeña esperanza para quienes desean limitar ese excesivo poder presidencial. En el último tiempo, los ciudadanos norteamericanos han asumido una visión más crítica respecto del papel de sus líderes y una mayor responsabilidad individual respecto a quien debe dar satisfacción a sus sueños: el individuo. Esta actitud más crítica ha quedado plasmada en pequeñas muestras como por ejemplo la interpretación que dan a la presidencia en películas, series de televisión y talk shows, donde se ha pasado desde la era de un Presidente héroe “cuasi perfecto” a otra en donde el Jefe de Estado también puede equivocarse y por eso su poder no debe ser total.

El culto a la Presidencia necesita ser enrielado. Su poder debiera estar más controlado y supervisado, especialmente en épocas de guerra o durante los conflictos internacionales, donde debería estar bajo la mirada más atenta del Congreso y el Poder Judicial. Es fundamental que en Estados Unidos se vuelva a un equilibrio de poderes, ya que sólo así la Presidencia desempeñará el verdadero papel que la Constitución le asigna.

El presidencialismo de Estados Unidos es una excepción. La mayoría de los países desarrollados, desde el término de la Segunda Guerra Mundial son parlamentaristas, pues entienden que no es buena la concentración excesiva de poder en el Ejecutivo, que estos regímenes son más estables y representan mejor la diversidad de las sociedades democráticas. Es de esperar que la peligrosa devoción americana por el Imperialismo Presidencial si no esté terminando, al menos comience su retirada. ¿Contribuirá a ello su futuro presidente? El tiempo lo dirá.

Frase destacada: “La campaña presidencial de 2008 ofrece amplias razones para el pesimismo. No obstante, las tendencias de las últimas cuatro décadas entregan razones esperanzadoras en relación a que el culto a la presidencia es un culto agonizante (o al menos en retroceso)”.

Se lo recomiendo a: quienes creen que la discusión presidencialismo – parlamentarismo es un mero ejercicio académico.

Octubre 9, 2008 Publicado por Angel Soto | Reseñas | | Aún no hay comentarios