Angel Soto

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En su corazón, ya renunció

Me permito reproducir esta columna de Gonzalo Rojas, publicada hoy domingo en El Mercurio 7 de septiembre de 2008. Todo un acierto en el análisis respecto de lo que esta ocurriendo en Chile 

Domingo 7 de septiembre de 2008

En su corazón, ya renunció
Ni los más duros de sus críticos sugerirían que corresponde que la Presidenta renuncie, pero, qué duda cabe, su liderazgo está convertido hoy en una suma de tres simpatías, dos frasecillas y una que otra mirada melancólica.
Gonzalo Rojas  

Un gobierno que tropieza con sus propias torpezas, como le ha sucedido a la administración Bachelet con el Transantiago, ya no es un pato cojo: simplemente está postrado, no puede seguir caminando.

Ha fracasado visiblemente, sostenidamente, gravemente. Ha fracasado en el plano humano (humillación de la población), en el plano técnico (diseño e implementación), en el plano económico (financiamiento), en el plano jurídico (medios inconstitucionales) y en el plano político (negociación para otra forma de financiamiento).

Y todo eso le ha sucedido en el contexto de aquel eslogan laguista tantas veces repetido, a coro y por solistas: los gobiernos de la Concertación son los más exitosos de la historia de Chile.

¿Cabe entonces la petición de renuncia ante tamaño fracaso? ¿Procede un golpe de Estado blando, negándose la oposición a todo lo que proponga el Gobierno, sea lo que sea? No, ni una cosa ni la otra, porque no le convienen a Chile… ni a la oposición tampoco.

Años atrás, un político de la Alianza, por imperativo de su conciencia y en virtud de su nobleza, salvó la continuidad del gobierno de Lagos, cuando muchos habrían preferido que lo empujara al vertedero, depósito al que naturalmente debía desplazarse tanta putrefacta corrupción.

Lagos exhibía un liderazgo que facilitaba ese tipo de acuerdos, porque la grandeza de su orquestación mantenía a buena parte de los chilenos aún convencidos de su categoría como estadista. Y aunque se haya comprobado después que su vitrina estaba llena de cartones y de plásticos, en ese momento, la fuerza que Lagos podía invocar a su favor inducía a razonar así: si Lagos cae, es el caos; si Lagos deja a la Concertación en el suelo y al país aplastado por la rampante corrupción, no hay Alianza que pueda rescatarlo. Era Lagos o el caos.

Lagos no cayó, pero el caos vino igual.

Y vino sobre ruedas, muy rápido, cruzando toda la realidad del gobierno de Bachelet: llegó en febrero de 2007. Hoy, se vista de militar (apelar a la disciplina), baile por el feliz final de agosto (ocultar los grises con la llegada de la primavera) o eventualmente solicite prestada la magia de algún circo de paso (sugerir que la Concertación sale siempre bien parada), la Presidenta Bachelet simplemente no puede desligarse de una realidad: es el caos, es el fracaso. No hay campañas de imagen que puedan recomponer su deterioro final.

Si hasta los mismos buses de la discordia desplazan unos afiches publicitarios que, aunque referidos a otros asuntos, les gritan a los santiaguinos (y a los chilenos todos, perjudicados también de rebote) cuán ridícula es la posición gubernamental, cuán esquizofrénica es su autopercepción. En unos letreros se lee: “Chile se la ganó; Chile valora tu vida”; y otros afirman: “Cuídate: la riqueza de Chile eres tú”. Cientos de personas, miles, ven pasar desde sus paraderos, desde su esperaderos (Warnken), esas grotescas afirmaciones. No sonríen, obviamente.

Ni los más duros de sus críticos sugerirían que corresponde que la Presidenta renuncie, pero, qué duda cabe, su liderazgo está convertido hoy en una suma de tres simpatías, dos frasecillas y una que otra mirada melancólica. Es que ya renunció, desde el fondo de su corazón, ya renunció, afirmaba un aliancista pocos días atrás. Porque, decía, en toda actividad humana hay un punto de no retorno, y hasta la más ingenua o mediocre personalidad logra percatarse: ya no más de esto, no se pudo, hasta aquí no más llegamos. Podrá maquillarse de nuevo, mañana o el martes, pero ya no da para más.

Años atrás, Jackie Stewart comentaba que cuando en la Fórmula 1 veía la bandera amarilla de peligro, su primera reacción era apretar el acelerador a fondo, para acercarse lo más posible al de adelante y alejarse otro poco de los restantes competidores.

Chile está en peligro, más ahora que bajo Lagos. Y, por cierto, menos hoy que bajo un futuro Lagos. La Alianza, consciente de esa bandera amarilla, se puede mover entre la posibilidad de salir una vez más al rescate del gobierno o la alternativa de apretar el acelerador.

Si escoge esta última, la que en estas circunstancias parece la única conveniente, tiene por delante dos carreras: la municipal y la presidencial-parlamentaria. Para ganar ambas, debe convencer a los chilenos de que el esquema concertacionista fracasó, que produjo en las calles de la capital el caos más notorio y notable en muchos años; que si alguien “valora tu vida” y te quiere convencer de que “la riqueza de Chile eres tú”, esas personas no están en la Concertación.

Septiembre 8, 2008 Publicado por Angel Soto | Uncategorized | | Aún no hay comentarios